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CONTRAPUNTO


La buena gente que accedió a publicar este libro me pidió un breve comentario sobre cada cuento: dónde se originó, por qué se escribió. En el oficio llamamos a esto el síndrome de «¿De dónde sacas esas ideas locas?».

Siempre me gustó la respuesta de Roger Zelazny. Dice que todas las noches deja un cuenco de leche y unas galletas en la escalinata del fondo; por la mañana la leche y las galletas han desaparecido, pero junto al cuenco vacío hay una pila de ideas locas.

Tal vez corresponde una disculpa para el significativo número de lectores que piensan que un cuento tendría que hablar por sí mismo y todo lo demás es cháchara irrelevante. Sin embargo a mí me gusta esa cháchara, y creo que también a la mayoría de los lectores. Los demás pueden saltársela sin mayor perjuicio: está impresa en un tipo diferente.

El cuento que sigue es importante para mí porque es el primero que escribí después de enterarme de que algún día podría ser escritor. Antes había vendido algunos cuentos, pero siempre lo había considerado una actividad marginal, una afición que se costeaba sola y me dejaba dinero para unas cervezas. Supe que podía ser más en junio de 1970.

Durante veinte años la ciencia ficción ha celebrado un rito anual de primavera llamado la Conferencia Milford. Para algunos es también un rito de iniciación. Milford se celebra en Milford, Pennsylvania, en casa de su fundador, Damon Knight (la ubicación geográfica cambia con las mudanzas de Damon, pero todavía se la llama ‘Milford’). Damon invita a una serie de escritores consagrados y recién llegados para una semana de mesas redondas de crítica intensiva: los manuscritos pasan de mano en mano y a veces se los elogia, otras se los hace trizas literalmente.

Sentarme junto a gente como Bova, Dickson, Ellison, Knight, Laumer, Wilhelm me hizo sentir un verdadero privilegiado, pero cuando llegó el momento de evaluar mi cuento tenía los nervios de punta. A otro neófito lo habían hecho llorar refiriéndose a su original como «esta bazofia» y tirándolo al suelo. Cuando me llegó el turno yo sabía que mi cuento era imbécil, infraliterario, un insulto para la inteligencia de todo el mundo, y para colmo estaba mal fotocopiado.

Pero gustó a la mayoría, y gustó mucho a algunas personas cuyas opiniones eran importantes para mí[2]. Después de eso pude relajarme y hablar con los célebres sobre asuntos prácticos como agentes y editores, y asuntos importantes como el modo de llenar una página en blanco y cómo retomar un cuento muerto. Descubrí que no éramos tan diferentes y que si lo deseaba de veras podía llegar a ganarme la vida como escritor (me llevó unos seis años, mucho menos de lo que había previsto).

Cuando volví a casa después de la conferencia escribí este cuento y empecé mi primera novela, y a la larga vendí los dos. En la sección ‘ideas locas’ todo lo que quiero decir, para no quitar interés al cuento, es que en general sigue la estructura de un mito griego. Los seguidores del doctor Jung se alegrarán de saber que cuando escribí el cuento nunca había oído hablar del mito.

"Sueños infinitos" -Joe Haldeman.

La felicidad de los pececillos - Simon Leys (Aldiko Premium)

Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: «¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!». Hui Zi objetó: «Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?». «Como tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?». «Te concedo que yo no soy tú y que, por tanto, no puedo saber lo que tú sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si los peces son felices». «Retomemos las cosas desde un principio —replicó Zhuang Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente.

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